Hoy, 17 de septiembre de 2019, vemos de nuevo cómo las garras represivas del Estado sientan en el banquillo a cinco proletarios por intentar parar un desahucio y luchar contra la concepción de la vivienda como mercancía. Ley y orden se manifiestan omnipotentes, y ante ellos, nada. Solo les queda seguir esperando el desenlace de un diálogo entre las distintas facciones de la burguesía, una tertulia que dirime nuestro futuro y en la cual el proletariado poco o nada tiene que decir, al menos de momento.
En todo este macabro espectáculo, desde el desahucio ejecutado, pasando por la detención y finalizando en el juicio que hoy nos ocupa, el papel que han tenido asignado es el de espectadores incapaces de imponer un destino radicalmente distinto. No se trata de reordenar el estado de cosas burgués para aliviar la asfixiante existencia a la que se nos somete a diario, sino de acabar con este mundo que nos es ajeno, opuesto y profundamente hostil.
En este sentido, el movimiento anti-desahucios surge como una reacción legítima ante la barbarie capitalista, enfrentándose diariamente al Capital y a sus secuaces para tratar de evitar que familias obreras queden en la calle. Desde distintos ángulos y fórmulas, la resistencia contra los desahucios se dirige a la conquista de reformas sociales que imposibiliten desde el marco de la legalidad burguesa la expulsión de sus hogares de familias proletaria. Un cordón sanitario contra el Capital desde el marco de su propia legalidad parece más una forma de apuntalar el estado de cosas existente que una forma de luchar por su abolición.
Un estado de cosas existente como es el de la vivienda como mercancía y los desahucios como forma de asegurar la reproducción de capital para poner de nuevo a disposición del mercado esa cantidad ingente de pisos que solo cobran valor si pueden ser vendidos. Todo ello como fenómenos episódicos de una ley que lo atraviesa todo, y esta ley no es otra que la de que el Capital necesita apropiarse cada vez de más valor para asegurar su reproducción, que su existencia solo es en tanto que acumula.
Por lo tanto el movimiento anti-desahucios se constituye como un momento de reacción a los acontecimientos, que en el mejor de los casos palia parcialmente sus efectos pero que en esencia es incapaz de transformar la realidad en la que se desenvuelve. Esta incapacidad no es arbitraria, sino que nace de la propia constitución del movimiento cuyo leitmotiv no es otro que el de conquistar un capitalismo edulcorado en el cual no haya desahuciados y sí una vivienda digna. ¿Pero qué dignidad puede haber en un sistema que nos somete día a día y que utiliza nuestra sangre como gasolina para poder seguir existiendo? ¿Cómo puede hablarse de vivienda digna y de derechos para el proletariado en un sistema cuya única e inexorable verdad es la explotación de nuestra clase?
¿Cómo enfrentar el problema de la vivienda en el capitalismo sino a través de la crítica radical a las condiciones en las cuales este problema se concretiza? ¿Y de qué sirve la crítica radical si no se orienta a la transformación de la sociedad? Solo enfrentando al Capital desde la reconstitución ideológica y política del sujeto revolucionario es posible afrontar la problemática de la vivienda desde una posición en la que ésta sea superable, y solo es superable (es decir, resuelta favorablemente para el proletariado) desde la acción de un movimiento revolucionario. Es importante no confundir medio con fin, y el problema de la vivienda debe asumirse como una parte más de la lucha general contra la burguesía, pero no subsumir la totalidad de ésta en la lucha contra los desahucios.
¿Hasta cuándo vamos a seguir contentándonos con aplazar los desahucios, conseguir mejoras laborales o reducir en lo máximo posible las condenas judiciales? ¿Hasta cuándo vamos a contentarnos con las migajas que les sobran?
La tarea hoy día es volver a situar la Revolución como horizonte a través de la recuperación de la referencialidad del marxismo revolucionario, asimilando la experiencia del anterior ciclo de la Revolución Proletaria Mundial y con la proyección de articular un sujeto revolucionario capaz de entablar el combate en igualdad de condiciones. La misión es titánica pero ¿qué es la dificultad del camino en comparación con la Libertad a conquistar?
Como decimos, este camino no es fácil y habrá más juicios como estos (y aún más duros), ya que la burguesía, en su incesante necesidad de mantener todo atado y bien atado, volverá a lanzar su Poder contra su antagonista natural cuando en éste prenda la conciencia revolucionaria y comprenda que al Poder de la burguesía solo se le puede enfrentar con Poder proletario.
Nada es eterno y todo puede ser transformando; y es que cuando renunciamos a la revolución estamos renunciando a Todo. Debemos acabar con la idea de que la derrota es definitiva, aprender de ella y reanudar el combate. Es necesario asimilar que la época en la que el proletariado no tenía referencia revolucionaria está llegando a su fin: la reconstitución ideológica y política del comunismo se fragua bajo la alargada sombra de la contra-revolución para recuperar el horizonte de emancipación como aspiración absoluta.
Vendrán tiempos muy duros, pero si algo nos ha enseñado la historia es que aplazar la revolución es la verdadera sentencia de muerte para el proletariado.
[*] Esta octavilla fue repartida por comunistas revolucionarios con ocasión de un reciente juicio acaecido como consecuencia de tratar de impedir un desahucio en Madrid. Aurora comparte en lo fundamental el contenido y el espíritu de este hecho y en base a ello decide hacerse eco.